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Introducción

La palabra ciclo procede del griego kiklos, que significa círculo y también movimiento circular. Podemos definir un ciclo como la serie de fases por las que pasa un fenómeno periódico hasta que se reproduce una fase anterior. Asimismo, podríamos definirlo como un intervalo o período de tiempo durante el cual se completa una sucesión recurrente y regular de acontecimientos o fenómenos.

   El escritor norteamericano Mark Twain formuló esta misma idea de forma magistral: “Mediante la ley de la repetición periódica, cada cosa que ha sucedido una vez sucede otra, y otra y otra vez –y no de forma caprichosa, sino en períodos regulares, y cada cosa en su propio período y no en el de otra, y cada una obedeciendo su propia ley… La naturaleza que nos deleita con su periódica repetición en el cielo es la misma que ordena los acontecimientos en la tierra. No nos permitamos subestimar el valor de esta clave”.

   Los seres humanos han observado procesos cíclicos recurrentes en la naturaleza desde épocas muy remotas. Civilizaciones antiguas fueron capaces de diseñar calendarios y medidas relativas al tiempo a partir de sus observaciones sobre la duración del día, la duración del año, los cambios estacionales, las fases de la luna y el movimiento de los planetas y las estrellas.

   En concreto, la palabra ciclos era la forma que tenían los antiguos de referirse al ritmo regular con que los cuerpos celestes describían sus movimientos. Por tanto, los antiguos representaban el tiempo de forma circular. La concepción del tiempo lineal es un fenómeno relativamente reciente.

   En el siglo VI antes de Cristo, Pitágoras afirmó que todo en el universo estaba relacionado con las matemáticas y que los números constituían la realidad definitiva. Mediante las matemáticas, todo, incluso el comportamiento humano, podía ser medido siguiendo patrones rítmicos o ciclos; todo podía ser, por tanto, predicho. Al decir del matemático griego, la armonía era inherente a los números. Armonía que también encontró al rastrear el movimiento que describen los cuerpos celestes. Pitágoras sostenía que los planetas y las estrellas se movían según operaciones matemáticas que se correspondían con las notas musicales, fenómeno al que bautizó como la “música de las esferas”.

   No en vano, la propia estructura musical es un ciclo en sí misma. Los siete días de la semana se repiten al octavo día, exactamente igual que una octava musical compuesta por las notas DO, RE, MI, FA, SOL, LA, SI, y DO de nuevo para empezar otro ciclo.

   En definitiva, todo en la naturaleza (astronomía, geología, biología…) se mueve de forma cíclica: el ciclo de la inclinación terrestre provoca el ciclo de las estaciones; la rotación de la tierra causa el ciclo de la noche y el día; la luna llena ocurre cada 28 días y afecta invariablemente al ciclo de subida y bajada de las mareas; las aves migran cada año; algunos animales hibernan; los salmones remontan los ríos para desovar… Otros ciclos son menos familiares, como el ciclo del sueño, el de los latidos del corazón, los ciclos emocionales, los del clima, los de las guerras, etc.


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