Home » Teoría cíclica » Ciclos y mercados

Ciclos y mercados

La teoría para la predicción en los mercados se fundamenta en la asunción de que los precios no se mueven de forma azarosa o aleatoria. Esto puede comprobarse de forma intuitiva al observar cualquier gráfico y advertir cómo se repiten determinados patrones de precio. De igual forma, algunos ciclos aparecen con inusitada regularidad. La causa última de este fenómeno se desconoce. Se conjetura que es el resultado de algún tipo de reloj biológico humano de carácter innato, o bien el fruto de las influencias planetarias, dado que el movimiento de los planetas está íntimamente relacionado con el movimiento de los mercados.

   Los acontecimientos discernibles que ocurren en los patrones de precio de los mercados, como un doble techo o las ondas de Elliott, permiten que la especulación pueda guiarse por el análisis técnico. Los ciclos constituyen uno de esos acontecimientos discernibles en los mercados.

   Los argumentos sobre la existencia de los ciclos en el mercado derivan no sólo de la medición directa (como veremos más adelante), sino también de razones filosóficas relacionadas con los fenómenos físicos. La respuesta natural a cualquier perturbación física es el movimiento armónico. Si se toca la cuerda de una guitarra, la cuerda vibra con ciclos fácilmente audibles. De igual forma, el mercado responderá a cualquier perturbación (suelos y techos relevantes) con un movimiento cíclico.

   De modo general, puede entenderse un ciclo como un intervalo de tiempo o espacio en el que se completa una serie de acontecimientos o fenómenos que se repiten con regularidad y en la misma secuencia. En el mercado, se considera de forma clásica que un ciclo comienza cuando el precio, partiendo de una posición baja, se eleva sin problemas a un alto a lo largo del tiempo, y después cae de nuevo en el mismo periodo temporal. El tiempo requerido para completar el ciclo se llama el período del ciclo o duración del ciclo.

   Sin duda, los ciclos están presentes en el mercado. Muchas veces se justifican empleando consideraciones fundamentales. Existen patrones estacionales que pueden explicar el movimiento de los precios en momentos determinados. El ejemplo más claro es el cambio estacional de los precios agrícolas, que alcanzan su nivel más bajo en el momento de la cosecha, si ésta ha sido abundante. Pero los patrones estacionales nada tienen que ver con los ciclos a los que me refiero. Lo cierto es que existe actividad cíclica en todos los mercados y difícilmente puede explicarse por razones fundamentales. Un vistazo ocasional a cualquier gráfico muestra, en retrospectiva, que existe un claro ir y venir de los precios, un flujo y reflujo cuyas posibles causas abordo en otro epígrafe.

Visión simplista de la teoría cíclica
Quiero formular ahora algunas observaciones sobre la versión jibarizada del análisis cíclico que por desgracia ha hecho fortuna. Resulta verosímil que mis observaciones se hayan enunciado alguna vez; la discusión de su novedad me interesa menos que la de su posible verdad.

   El saber común sobre teoría cíclica aplicada a los mercados financieros abunda en errores. Ninguno de ellos me ha preocupado, y me preocupa, como la caprichosa gloria que le ha tocado en suerte a los ciclos estáticos.

   La graciosa hipótesis de que existen ciclos de duración fija, inamovible (un ciclo de, pongamos, 55 días durará siempre 55 días), no resiste la menor prueba. Sin embargo, todo aquél que se haya acercado alguna vez al análisis cíclico habrá padecido la enumeración de ciclos arbitrarios cuya incapacidad predictiva se explica alegando que los techos y suelos se invierten: allí donde debiera marcarse un techo se da un suelo y viceversa. Más enojosos resultan, no obstante, esos casos en los que hallar un parecido razonable entre el ciclo y el comportamiento del precio resulta una tarea infructuosa. Igual impericia pronosticadora puede predicarse, por último, de aquellos supuestos ciclos cuya presencia en el precio es intermitente, ciclos que, al decir de sus defensores, aparecen y desaparecen de forma abrupta y caprichosa.

   ¿Qué fiabilidad podemos otorgar a semejante acopio de azarosas vaguedades? En los dos primeros casos, la circunstancia de que los techos y suelos proyectados por un supuesto ciclo carezcan de valor predictivo, invalida per se el propio ciclo. Lo mismo sucede con el tercer caso. Argumentar que los ciclos aparecen y desaparecen a su antojo debiera persuadirnos de que tales ciclos nunca han existido. Además, quienes aventuran la existencia de los ciclos estáticos, ¿han oído alguna vez el concepto del traslado a la derecha y a la izquierda de los ciclos, su capacidad para alargar o contraer su duración media, su innata naturaleza dinámica?

   Sin salirme de este epígrafe, me referiré ahora a otro tipo de ciclos estáticos. En los censos invocados por todo el mundo figuran, entre otros, el ciclo presidencial, el decenal y el anual. También podría engrosar este grupo el ciclo Metónico, aunque lo caracterizan otros atributos y su aplicación es de más amplio espectro.

   Prestando oídos a algunos analistas, se diría que predomina la superstición convencional de reducir el análisis cíclico al conocimiento más o menos profundo de estos patrones estáticos de los mercados.

Ciclo presidencial

Ciclo Decenal

Ciclo estacional

   Mucho he tratado de inquirir las razones que expliquen el predicamento del que gozan estos ciclos entre determinados analistas. Creo haberlas encontrado en el hecho de que, por su naturaleza, fomentan el desahogo de la responsabilidad, parecen ofrecer una desacostumbrada certidumbre, tan ajena a los cambiantes mercados financieros.

   Invariablemente, el manejo frecuente de este tipo de ciclos crea unas expectativas condicionadas sobre el comportamiento del mercado. Es como si el especulador escuchase un susurro incesante que lo empujase a prestar atención al bosque en lugar de fijarse en los árboles que lo componen. El bosque es el patrón fijo del ciclo; los árboles, el comportamiento real del precio, libre de ajustarse o no a la hoja de ruta delimitada por el ciclo.

   Aferrarse a este tipo de ciclos resulta temerario y estéril. La razón es clara. El  especulador se interesará menos en las señales de su sistema de especulación que en sus ideas preconcebidas sobre cómo debería evolucionar el precio. Esclavo de su condicionamiento mental, acabará por expulsar del proceso de análisis cualquier herramienta que registre el comportamiento dinámico de los mercados.

   Con todo, no abogo por arrojar los ciclos estáticos al desván de los cachivaches inservibles. Antes bien, me inclino por entenderlos como uno más de los abundantes elementos a disposición del especulador. Cotejar de vez en cuando el comportamiento real del mercado con el itinerario marcado por los ciclos estáticos se me antoja recomendable. Si el mercado sigue ese itinerario, reforzará la confianza en las señales generadas por los sistemas de especulación; si, por el contrario, el precio describe un movimiento contrario al esperado, el especulador hará bien en uncirse sólo al carro de las señales de su sistema.

   En definitiva, resultaría harto lamentable que mis palabras se percibiesen como una reprobación sumaria a algunos de los analistas que pueblan la república de los mercados financieros. No soy quién para involucrarme en tales reprimendas. Me contentaría con que mis observaciones invitaran a la reflexión y ensanchasen la mirada con que se concibe el análisis cíclico.


Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Archivos